Parroquia

Bautizados en el nombre de Jesús

La palabra “bautismo” ha sido vulgarizada, como otras muchas.

Ya no es ilusionante, ni atractiva, ni rompedora, ni definitiva.

Se bautizan los barcos cuando se les pone nombre;

se bautizan las plazas en recuerdo de un prohombre;

se bautizan los que entran en una hermandad;

se bautizan los romeros neófitos en su caminar.

Ya no se bautizan con agua pura, limpia,

corriente. Agua que es don del cielo,

tamizada por las areniscas de la tierra.

Hay bautizos, con vino, con cava…

Volvamos al Evangelio.

Una lectura sencilla, simple,

como si no lo conociéramos

Juan llamó a un bautismo general.

Les pedía que cambiaran de vida.

Juan estaba junto al Jordán,

donde se remansaba el agua dulce

antes de perderse en el salado Mar.

Juan llamaba a todos los que quisieran oír.

Judíos de Judea y de Galilea.

No hacía problemas ni ponía pegas.

Un dia apareció un galileo, del norte,

Jesús.  Y Juan lo reconoció: es él,

el Siervo anunciado, el Mesías esperado.

La escena podía haber pasado sin pena ni gloria.

Dos hombres del pueblo que se reconocen.

La voz del cielo rompe y confirma:

No, no es cualquiera, es el Hijo amado.

¿Y nuestro bautismo?  ¿Por qué y para qué

somos bautizados?  Sí, volvamos a lo fundamental:

Somos bautizados en Jesús, en su vida y en su muerte,

en su causa y en su misión.

Somos bautizados en su cuerpo, en la Iglesia,

como discípulos del Señor, como testigo de su amor.

Pedro Fraile.