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Una virtud básica en la vida del cristiano

El orgullo, la autosuficiencia, el afán por el poder y los primeros puestos es la moneda más apreciada en el mundo. Pero no es la
moneda para entrar en el Reino de Dios. En el Evangelio Jesús nos invita a ser humildes, a no buscar los primeros puestos y las alabanzas de la gente; y concluye: «Aquel que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido».

CUALIDADES DE UNA PERSONA HUMILDE

¿Qué es la humildad? ¿Qué significa ser humilde? Ser humilde no significa ser una persona apocada, cobarde, sin iniciativas personales, que siempre se considera indigna e incapaz de muchas cosas.

Humilde es aquel que, en la vida, sabe estar en el puesto que le corresponde, consciente de sus derechos pero, a la vez, fiel cumplidor de sus deberes. El humilde no ignora sus propios valores, sus excelentes cualidades, pero también ve y acepta sus propias limitaciones y defectos. El humilde no se supervalora y valora siempre a los demás; sabe alegrarse con las alegrías del prójimo y no se deja dominar por la envidia ante los triunfos y éxitos de los demás. El humilde procura ser natural y sencillo en todo, ocupe el puesto que ocupe; no es grosero ni agresivo en sus expresiones, no hiere despiadadamente a los demás. Santa Teresa de Jesús nos dio una buena definición de la humildad cuando dijo: «Ser humilde es andar en la verdad», saber ser lo que uno es y saber luchar por lo que Dios espera de cada uno.

AGRADABLES A DIOS Y A LOS DEMÁS

Sí, la humildad nos hace gratos a Dios, porque nos hace sentirnos dependientes de Él y hace que en nuestro corazón brote el sentimiento de adoración, de sumisión y gratitud a nuestro Creador y Padre. Pero la humildad nos hace también agradables a los demás porque favorece la convivencia, crea un clima de paz, de confianza y de alegría. Con una persona humilde uno se siente siempre a gusto, se siente valorado, respetado y querido.

Los conflictos entremayores y jóvenes, entre personas con opiniones distintas, las crisis de obediencia y autoridad tienen siempre un trasfondo de soberbia. Todos quieren tener siempre la razón, hacerse con el poder, imponer la propia verdad.

«¡Hay que dialogar!», decimos con frecuencia; pero por dialogar entendemos, muchas veces, que el otro acepte mis puntos de vista. Y eso no es dialogar; es imponer mi voluntad por encima de todo. Falta humildad. Nunca olvidemos estas palabras de Jesús en el Evangelio: «El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido».

Esforcémonos por aprender del Señor a ser sencillos y humildes de corazón: seremos felices aquí en la tierra y marcharemos por buen camino hacia la felicidad eterna del cielo.

 

Publicado en Pobo de Deus Nº 830