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Creo en la Vida Eterna

Entramos en el mes de noviembre y dos importantes celebraciones litúrgicas marcan este mes: la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Las dos nos invitan a poner los ojos en la Vida Eterna, esa vida que a todos nos espera una vez cruzada la frontera de la muerte.

UNA CELEBRACIÓN FESTIVA Y GOZOSA

Sí, la solemnidad de Todos los Santos es una celebración festiva y gozosa. Este día los cristianos que aun vivimos aquí en la tierra rendimos homenaje a la multitud de hombres y mujeres que viven en la felicidad del Cielo junto a nuestro Padre Dios. Algunos de ellos han sido canonizados por la Iglesia y propuestos como intercesores nuestros y modelos a imitar.

Este día es para recordar las palabras de Jesús a sus discípulos y que fueron dichas también para todos nosotros: «En la casa de mi Padre hay muchas estancias y yo voy a prepararos sitio para que, donde yo estoy, estéis también vosotros». Sí, debemos poner nuestramirada constante en el cielo, no para olvidarnos de la tierra, en la que ahora vivimos y en la que tenemos una importante misión que cumplir, sino para realizarla con mayor ilusión y rectitud.

Para un cristiano el centro de su vida debe ser la persona de Cristo: mirar mucho hacia él, escuchar con atención su palabra, imitar su vida. Precisamente la palabra cristiano, con que nos calificamos, significa seguidor de Cristo, discípulo de Cristo.

EL MENSAJE DE LAS BIENAVENTURANZAS

Más concretamente, ¿quiénes aquí en la tierra van camino del cielo? Nos lo recuerda el mismo Jesús en el Evangelio: Van camino del cielo los que se convierten de corazón y tratan de vivir el mensaje de las Bienaventuranzas (Mt. 5, 3-11). A éstos se les llama bienaventurados, dichosos, felices.

Bienaventurados los pobres de espíritu, es decir, los humildes y sencillos, que no viven apegados a los bienes materiales como si fueran el valor supremo de sus vidas. Bienaventurados los sufridos, los que no desesperan ante las situaciones tan difíciles que, con frecuencia, nos ofrece la vida aquí en la tierra. Saben cargar con la cruz de cada día unidos a la Cruz de Cristo, nuestro maestro y redentor. Bienaventurados los misericordiosos, los que son muy sensibles ante el dolor ajeno y están dispuestos a aportar consuelo y cercanía a los que son sus víctimas. Bienaventurados los limpios de corazón, los que rechazan la hipocresía en sus vidas y las malas ideas y sentimientos que puedan surgir en su vivir cotidiano. Bienaventurados los pacificadores, los que son sembradores de paz allí donde se encuentren: en el ámbito familiar, social o laboral, etc. Aquí tenemos resumido el plan de vida que el Maestro nos propone; meditémoslo y animémonos a vivirlo día a día.

 

Fuente: Pobo de Deus Nº 833