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Mirando hacia la Navidad

El día dos de diciembre, primer domingo de Adviento, empieza un año nuevo en el calendario de la Iglesia, el año litúrgico. Un año, a través del cual la Iglesia recuerda, agradece y celebra lo que Dios ha hecho y sigue haciendo por nosotros, los humanos. El centro del año litúrgico es la persona de Jesucristo. Él es Dios hecho hombre que ha venido a compartir nuestravida en la tierra como Salvador nuestro, ha muerto por nosotros y ha resucitado gloriosamente.

El año litúrgico consta de cinco periodos que llamamos tiempos: Tiempo de Adviento, de Navidad, Cuaresma, Pascua y Tiempo Ordinario.

LA VENIDA HISTÓRICA DE CRISTO A LA TIERRA

El tiempo de Adviento, que dura hasta el 24 de diciembre, es un tiempo de cuatro semanas en el que nos preparamos espiritualmente para celebrar la Navidad, el Nacimiento de Jesucristo en Belén. Adviento significa venida y recuerda precisamente esta venida histórica del Salvador a la tierra.

Venida que celebraremos con especial solemnidad en el tiempo de Navidad. Bueno será recordar que Cristo no sólo vino a nosotros cuando nació en Belén de la Virgen María.

Aquella fue, como dijimos, su venida histórica. Pero el Señor sigue viniendo siempre que celebramos un sacramento: al bautizarnos, él viene a comunicarnos una vida nueva, de hijos de Dios; en el sacramento de la penitencia viene a regalarnos, a través del sacerdote, el perdón de los pecados; pero viene sobre todo en la Eucaristía como alimento espiritual de nuestras vidas.

Pero el Adviento nos recuerda también que Jesucristo vendrá al final de nuestra vida terrena y al final del mundo como Juez misericordioso para retribuirnos según haya sido nuestra conducta personal aquí en la tierra.

NOS INVITA A LLENAR DE ESPERANZA EL CORAZÓN Y LA VIDA

Sí, el tiempo de Adviento nos invita a llenar de esperanza el corazón y la vida. Esperanza en Dios que nos ha prometido un Salvador y ha cumplido su palabra.

Esperanza en que, a este mundo en que ahora vivimos, tan llenos de injusticias, ha de suceder otro nuevo en el que la virtud triunfe sobre el vicio. Ahora bien, la esperanza para el cristiano no consiste en cruzarse uno de brazos, esperando pasivamente a que desaparezcan los escándalos e injusticias y sean otros quienes aporten la solución. No, la esperanza es como una fuerza poderosa que, desde dentro de nosotros mismos, nos impulsa a ir plantando en nuestras propias vidas aquellos valores que nos humanizan y humanizan también el mundo en que vivimos. ¿Queremos un mundo más humano, más honrado, justo y alegre? Lo tendremos que ir construyendo nosotros mismos siendo cada uno más humano, más honrado, justo y alegre.

Jesús que ya vino en carne mortal a la tierra, nos trajo la salvación y nos enseñó a amar, a perdonar las ofensas, a construir la paz, a llamar Padre a Dios, a vivir unos con los otros como hermanos. Nos enseñó caminos que llevan a la salvación del hombre y del mundo en que vivimos. Lo nuestro, por tanto, es tratar de recorrer estos caminos.

Ojalá que, en este tiempo de Adviento, nos decidamos a hacerle caso al Señor que nos dice a cada uno lo que un día dijo a los Apóstoles: «Ven y sígueme».

Pobo de Deus Nº 835