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Sobre la Confesión de los pecados

Casi seguro que hemos dicho nosotros o escuchado alguna vez esta frase: “Yo me confieso directamente con Dios, no tengo por qué contarle mis faltas, mis pecados a un cura”.

CONOCER EL PERDÓN DE DIOS

Y me atrevo a preguntarte: y entonces ¿cómo sabes que Dios te ha perdonado? Y resulta lo siguiente, que no tiene discusión: nosotros conocemos por medio de los sentidos: la vista, el oído, el gusto, el tacto. Se ha dicho que los sentidos son como las ventanas del alma; con ellos conocemos la realidad, ya que nos ponen en contacto con ella. Precisamente, para saber que hemos dido perdonados, lo conocemos por los sentidos: escuchamos al sacerdote -“yo te absuelvo de tus pecados…”- vemos su gesto de trazar la señal de la cruz sobre nosotros. De esta forma tenemos la certeza -estamos seguros- de haber sido perdonados por Dios, representado por el sacerdote como ministro del perdón; de otra manera, no lo sabríamos con seguridad, podríamos dudar del perdón de Dios (nos faltaría la certeza).

Además, es muy humano recibir el perdón de Dios ante quien también es pecador, “para que pueda compadecerse de nosotros, pues él también está rodeado de miserias” (Heb 5,2). Por eso el sacerdote nos comprende y no se extraña de nada, ni nos riñe, ni amenaza, sino que nos anima y está para ayudarnos. Eso es compatible con que deba exigirnos amablemente, para sacar lo mejor de nosotros mismos. Recuerdas aquello de la Escritura: “Ay del que está solo que, cuando cae, no tiene quien lo levante”.

Para los momentos de apuro y dificultad necesitamos apoyo, estímulo y una mano amiga.

EL PECADO ES OFENSA TAMBIÉN A LA IGLESIA

Puede ser oportuno recordar que el pecado supone una ofensa a Dios: “Incumplimiento voluntario de la Ley de Dios” (de los Mandamientos y deberes derivados). No es un puro fallo humano, un descuido, una simple debilidad.

Pero es también una ofensa a la Iglesia, pues mi pecado repercute y causa un daño a los demás miembros de la Iglesia. Por este motivo he de reconciliarme también con la Iglesia. Y para ello acudo al representante de la Iglesia, que es el sacerdote como ministro de la reconciliación.

Podemos aplicar especialmente a los sacerdotes estas palabras de Santa Teresa de Calcuta: “El Señor se acerca y cuenta con nosotros, para ser compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados… Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrar lo mucho que nos ama. si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás” (“Cristo en los pobres”, pp. 37-38). Siempre será poco el tiempo dedicado a celebrar el sacramento de la divina misericordia y es un tiempo valiosísimo, una tarea muy importante y de enorme trascendencia.

José María Máiz Cal, sacerdote.