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Llega la Semana Santa

Sí, nos acercamos a la Semana Santa, esa gran semana del año cristiano en que la Iglesias celebra los misterios de nuestra fe: La Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.

El Jueves Santo es el día en que celebramos la institución de la Eucaristía junto con el ministerio sacerdotal, y recordamos el mandamiento que el Señor nos ha dejado como distintivo de un verdadero cristiano: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois discípulos míos”.

En la Eucaristía, bajo las especies del pan y del vino, Cristo se hace realmente presente entre nosotros como alimento que fortalece nuestra vida cristiana; como compañero en nuestro caminar por este mundo; como amigo y confidente al que podemos acudir en momentos de adoración ante el Sagrario.

Muy unido a la Eucaristía está el Ministerio Sacerdotal. Desde aquel primer Jueves Santo, la vispera de la Pasión y Muerte de Jesús, habrá siempre en la Iglesia sacerdotes por voluntad expresa del Señor. Son hombres de carne y hueso como los demás, frágiles y pecadores, pero a los que Dios, por medio del sacramento del Orden sacerdotal, ha entregado unos poderes sobrenaturales al servicio del Pueblo cristiano.

El Viernes Santo es un día central dentre de la Semana Santa. En él celebramos la Pasión y Muerte del Señor en la cruz. Ahora bien, hay el peligro de reducir esta jornada a una simple evocación sentimental de la muerte histórica de Cristo en el Calvario. Hoy Cristo ya no sufre en su ser personal, vive glorioso en el Cielo. Pero sí sufre en su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. Hoy sigue habiendo mártires, cristianos perseguidos que sufren y mueren por ser fieles a su fe, por anunciar el Evangelio y oponerse a males e injusticias que, a veces, surgen y prosperan en nuestra sociedad.

El Sábado Santo y la Vigilia Pascual. El Sábado Santo es un día silencioso, sin celebraciones litúrgicas. Diríamos que es un día para acompañar en su dolor a la Virgen María, la mujer fuerte que Cristo nos ha dejado como Madre espiritual nuestra. Pero en la noche del sábado al domingo, la Iglesia celebra con un gozo desbordante la gloria de Cristo Resucitado. Y hemos llegado así a la celebración más importante del año cristiano; el Domingo de Pascua. Una celebración que la Iglesia prolonga durante cincuenta días cantando a la gloria del Señor Resucitado.

Ahora, celebrar de verdad la Pascua es mucho más que asistir a las celebraciones litúrgicas, es vivirla. Yo como cristiano, discípulo de Cristo Resucitado, debo ser Pascua; debo transmitir alegría, luz y consuelo a los que sufren; transmitir esperanza, ilusión, ansias de vivir a los que se sientan dominados por los fracasos y desengaños de la vida. En fín, debo ser Pascua transmitiendo a todos el amor que Dios nos tiene, siendo capaz de servir a todos con alegría y sin exigir por ello recompensa alguna.