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Finaliza el Tiempo Pascual

Sí, con dos importantes celebraciones clausura la Iglesia en su Liturgia el Tiempo de Pascua: La Ascención del Señor y la Venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles.

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR AL CIELO

Esta primera celebración nos reucerda que Jesús ha concluido la misión que le trajo aquí a la tierra, y que ahora empieza un tiempo nuevo en la vida del cristianismo: el tiempo de la Iglesia. Ahora corresponde a los cristianos, que formamos la Iglesia de Jesús, continuar en este mundo la difusión del Evangelio que Él encomendó a los Apóstoles y sucesores: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio”.

La Ascensión del Señor no significa que Él abandone este mundo y nos deje solos. Significa que ahora Jesús tiene otra forma de presencia entre nosotros. Aunque no le vemos con los ojos. Él sigue presente como cabeza que es de la Iglesia y así se lo dijo a los discípulos precisamente cuando les dio el encargo de ir al mundo entero y evangelizar a todos los pueblos: (Mt 28, 19-20).

La Ascensión del Señor es también como una llamada de atención a cuantos formamos la Iglesia, recordándonos que ahora somos nosotros los que tenemos la responsabilidad de ser luz para que la gente conozca el Evangelio y lo viva; luz con nuestra palabra y, sobre todo, con el testimonio de nuestra vida ejemplar.

LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE LOS APÓSTOLES

La otra gran celebración con que la Iglesia clausura en su Liturgia el tiempo pascual es la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Todos ellos, reunidos en una casa de Jerusalén, se encontraban practicando oración juntos cuando se sintieron invadidos por una fuerza sobrenatural: era la presencia del Espíritu Santo, prometido por Jesús, que irrumpía en sus vidas, llenándolas de gozo y las impulsaba a dejar aquel retiro y anunciar por todo el mundo el mensaje salvador del Evangelio.

Pues bien, en este grupo de hombres, presididos por Pedro, iniciaba la Iglesia su caminar histórico por este mundo. El grupo fue creciendo continuamente y las comunidades de creyentes en Cristo se fueron multiplicando hasta hoy. Y así hoy la Iglesia es un gran pueblo, el Pueblo de Dios, presente en los cinco continentes de la tierra. A esta Iglesia, de la que formamos parte desde el día de nuestro bautismo, debemos amarla como se ama a una madre, pues de ella hemos recibido el don de la fe y es ella quien alimenta y cuida nuestra vida en Cristo.

A esta Iglesia, de la que formamos parte, debemos amarla de verdad y nunca desprestigiarla con nuestra conducta indigna. Algo divino existe en ella -es el Espíritu Santo- que la guía, la inspira y le da fuerza para seguir luchando contra el mal y difundiendo con celo apostólico el mensaje salvador de Cristo.