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Evangelizar, la gran misión de la Iglesia

En el Evangelio se nos recuerda el envío que Jesús hizo de los 12 apóstoles y también de otros 72 discípulos a las aldeas y ciudades de Palestina a anunciar el mensaje de salvación que él trajo a la tierra.

EVANGELIZAR ES TAREA DE TODO CRISTIANO

Jesús envía, aparte de los 12 apóstoles, el grupo de los 72 discípulos, indicándonos así que evangelizar no es hoy tarea exclusiva de los obispos, sucesores de los apóstoles, ni de los sacerdotes que son, por vocación, colaboradores inmediatos de los obispos, sino que en esta importante tarea también tienen su parte el resto de los cristianos.

Y ¿qué es evangelizar? Evangelizar es anunciar a todos el Evangelio, anunciar el mensaje salvador que Cristo ha traído a la tierra: que Dios es nuestro padre, padre de todos, y que, por tanto, todos somos hermanos. Y nuestra tarea como cristianos es construir un mundo nuevo donde reine la verdad, la justicia, el amor y la paz; un mundo donde se respete a todos y a nadie se desprecie por el color de su piel o por ser pobre o ignorante.

LA EVANGELIZACIÓN ES MULTIFORME

Sí, podemos evangelizar de múltiples formas: con un sermón o una homilía, con una conferencia o con un libro sobre temas evangélicos, con una conversación o un simple consejo. Claro que no todos pueden escribir libros, pronunciar conferencias o predicar homilías. Sin embargo todos los cristianos debemos evangelizar: los ancianos y los jóvenes, los padres y madres de familia, el cristiano sabio y el cristiano de escasa cultura, etc. Todos podemos y debemos evangelizar con un medio que está al alcance de muchos y que tiene una singular eficacia: Evangelizar con el testimonio ejemplar de la propia vida. Por algo solemos decir que las palabras impresionan pero los ejemplos arrastran.

El mismo Jesús dijo a sus discípulos: “Vosotros sois la luz del mundo…, brille vuestra luz ante los hombres, de suerte que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos” (Mt. 5, 14-16). La fe no se transmite sólo con palabras, no es una pura idea; la fe es una vida: se transmite más bien por contagio. Cuando yo vivo aquello que predico a otros: perdono a mis enemigos, comparto lo mío con los necesitados, cumplo fielmente con los deberes de mi estado y profesión, soporto con paciencia la enfermedad u otros contratiempos de la vida, entonces estoy siendo testigo de la fe que profeso, la estoy contagiando a otros.

Animémonos a vivir de verdad nuestra fe cristiana, siempre y en todas partes, para que un día nos encontremos gozando en plenitud de la gloria eterna del cielo, en compañía de la Virgen María y de todos los santos.