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Exigencias de la Vocación Cristiana

Leemos en el Evangelio estas palabras de Jesús: “Quien no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío” (Lc 14, 33). Y poco antes se nos cita, entre esos bienes a los que debemos renunciar, a personas tan entrañables como los padres y otras personas muy queridas de la familia. Más aún, se nos pide renunciar a nosotros mismos.

UNA POBREZA RADICAL

¿Tiene sentido todo esto? ¿Por qué entonces en otros pasajes bíblicos se nos dice que todas las cosas que hay en este mundo son en sí buenas, que Dios las ha creado y puesto a nuestro servicio? ¿Por qué se nos manda amar a todos, y de modo especial a los padres y familiares? ¿Amar incluso a los enemigos?

En cambio el texto evangélico que venimos comentando dice que un discípulo de Cristo debe renunciar a todo, incluso a si mismo. ¿Es que uno debe dejar de ser persona para ser discípulo de Cristo?

El Señor lo que, en realidad, nos pide es que tomemos en serio el seguirle a Él, el ser cristianos. Y esto implica no el renunciar, sin más, a todas las cosas y a seres tan entrañables como los propios padres, la propia familia. Lo que el Señor nos pide es que valoremos debidamente las personas y las cosas, recordando eso sí, que por encima de todo, está siempre Dios. Es el caso de aquellos jóvenes, ellos y ellas, que sienten la llamada a entregar su vida a Dios y al prójimo haciéndose sacerdotes o ingresando en un monasterio o yendo a países lejanos como misioneros. Seguir esa llamada de Dios, esa vocación, está por encima de todo. Ahora bien, si un día los padres necesitan de ese hijo o hija, éstos deberán acercarse al domicilio paterno para cuidar a estos padres. Así está establecido y así se hace.

SIN ENTREGARLES EN EXCLUSIVA EL CORAZÓN

Dios nos ha mandado amar atodas las personas: es el mandamiento central del cristiano. Nos ha mandado investigar los secretos de la naturaleza y trabajar por mejorar las condiciones de vida en la tierra y crear progreso. Pero quiere que amemos las personas y las cosas sin entregarles en exclusiva el corazón como si en ellas estuviera todo el bien y la belleza juntos. Nunca olvidemos que el Bien supremo está sólo en Dios. Por eso es a Él a quien debemos entregar nuestro corazón y nuestra vida.

A veces, el médico nos impone en las comidas una dieta rigurosa y le hacemos caso. Y eso que, a lo mejor, nos prohibe comer cosas que nos agradan mucho; pero lo hace para que no perdamos otro bien superior al propio gusto: la salud.

Pidamos hoy a Dios: Señor, ábrenos los ojos para que descubramos tus caminos, que no siempre coinciden con los nuestros. Que tomemos en serio la decisión de seguirte a ti por encima de todo. Que amemos a las personas y las cosas sin anteponerlas a ti, que eres el Bien Supremo.