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Creo en la Vida Eterna

Nos encontramos en el mes de noviembre, el último mes del año en el calendario litúrgico de la Iglesia. Noviembre empieza con dos importantes celebraciones que invitan a pensar en el destino que nos espera, pasada la frontera de la muerte. Y ¿qué es la muerte? Para una persona sin fe es el final definitivo del individuo. No así para un creyente, sobre todo para un creyente cristiano: la muerte es algo digno de ser celebrado; porque con la muerte dejamos esta vida temporal en la que hay acontecimientos festivos y gozosos, pero también abundan los sufrimientos de todo tipo.

Con la muerte entramos en la fase de una vida plena, en la Vida eterna, para gozar sin fin de la presencia amorosa de Dios, nuestro Padre.

EL CENTRO DE LA VIDA CRISTIANA

Para un cristiano el centro de su vida debe ser la persona de Cristo: escuchar con atención su palabra, imitar su vida. Y ¿quién es Cristo? Cristo es el Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad que se hizo hombre en el seno de la Virgen María y pasó aquí en la tierra 33 años compartiendo con nosotros esta vida: aalegrías y penas, éxitos y fracasos, menos el pecado, y también oasó por la experiencia de la muerte. Una experiencia muy dura, pues murió clavado de pies y manos en una cruz; pero al tercer día resucitó gloriosamente.

A Cristo lo invocamos como nuestro Salvador, porque ésta fue la gran misión que trajo a la tierra: liberarnos de la esclavitud del pecado. Misión que ha querido que compartiéramos sus discípulos, los cristianos. Sí, nuestro gran papel es vivir cada uno la salvación que Cristo nos trajo y transmitirla a otros sobre todo con el testimonio de una vida ejemplar basada en el Evangelio.

UN PROGRAMA DE VIDA A SEGUIR

Jesús nos ha dejado un interesante programa de vida que debemos cumplir aquí en la tierra: son las Bienaventuranzas. ¿Qué se nos pide en este programa?

a.- Que seamos pobres de espíritu, es decir, que seamos humildes y sencillos, que luchemos contra el egoísmo, que no vivamos apegados a los bienes terrenos como si fueran el valor supremo de nuestra vida.

b.- Que seamos sufridos, sabiendo acoger la cruz de cada día, las impertinencias que surjan en la familia, en la vecindad, en el puesto de trabajo…, aceptando el dolor, la enfermedad y toda clase de contratiempos sis desesperar, unidos a la cruz de Cristo, nuestro Maestro.

c.- Que seamos misericordiosos, sintonizando facilmente con las necesidades del prójimo, sabiendo repartir cariño al que no tiene amigos, comprensión y ánimo al que sufre desaliento.

d.- Que seamos limpios de corazón, es decir, que seamos de los que huyen de trampas y mentiras, juegan siempre limpio y en su corazón no caben los malos sentimientos.

e.- Que seamos portadores de paz, es decir, de los que siempre unen, no incordian, huyen del chismorreo y controlan su lengua, sus gestos y sus instintos.

Anomémonos, pues, a incorporar a nuestras vidas este programa que Jesús nos ofrece.