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Vivamos con Fe y Alegría la Navidad

Estos días la Iglesia celebra con inmensa alegría la fiesta del nacimiento de Jesucristo, nuestro divino Salvador. ¿Hay motivo para tal alegría? Sí que lo hay, pues la gran noticia que estos días recordamos y celebramos es que Dios, porque nos ama entrañablemente, ha decidido hacerse compañero nuestro aquí en la tierra, compartir nuestras alegrías y penas y ser nuestro Salvador.

RECORDAR SU VIDA AQUÍ EN LA TIERRA

Curiosamente, los hombres nos quejamos con frecuencia de nuestra mala suerte aquí, en esta vida terrena, y hasta nos preguntamos con cierta rabia: ¿qué le habré hecho yo a Dios para que me trate así? Y lo cierto es que Él, por nosotros, ha hecho mucho más que suprimir nuestras limitaciones y sufrimientos, ha venido a compartirlos personalmente con nosotros. ¿Eres pobre, estás enfermo, te sientes despreciado por la gente, no se te valora…? Recuerda que Él nació en una situación de pobreza extrema y después, dirante treinta años, vivió como un vecino más de Nazaret trabajando en el taller de san José; una vida monótona y oscura.

A los treinta años inició su vida pública, predicando el Evangelio por las aldeas y poblados de Palestina. La gente sencilla le escuchaba con especial atención pero fue duramente criticado y despreciado por los sectores influyentes de la sociedad judía hasta ser condenado a muerte como un terrible criminal y morir clavado de pies y manos en una cruz.

Para nosotros, que nos llamamos cristianos, discípulos de Cristo, es motivo de gran alegría saber que Dios ha venido a compartir nuestra existencia aquí en la tierra. Es el gran mensaje que nos ofrece la Navidad. Pongamos, por tanto, más ilusión en nuestra actividad diaria, luchemos por superar nuestros propios defectos y soportemos con paciencia las desgracias que la vida nos depare. Dios está a nuestro lado.

LA FIESTA DE LA LUZ

La Navidad es también una fiesta de luz; las calles se iluminan especialmente, árboles cubiertos de luces brillan en muchos hogares y templos, y en ciertos países hasta los cementerios se convierten en luz, pues cada tumba tiene su pequeño árbol luminoso. Es que, consciente o inconscientemente, el hombre asocia la Navidad con la luz, que es Cristo. El mismo Señor diría expresamente más tarde: “Yo soy la Luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas”.

Desde que Jesús, el Hijo del Dios hecho hombre, nació en Belén de la Virgen María y, más tarde, escuchamos su palabra poderosa, está claro que Dios es nuestro Padre y nosotros somos hermanos. En consecuencia, el gran mandamiento que resume todo el ser del cristiano es éste: “Amarás a Dios con todo tu ser y amarás al prójimo como a ti mismo”. El modelo a seguir será siempre Jesucristo, nuestra Luz.