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El Pecado en la Biblia (I)

Haremos un resumen de algunos textos significativos de la Sagrada Escritura en los que se trata del pecado. Hablaremos del pecado original y después del pecado personal, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

¿QUÉ LEEMOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO SOBRE EL PECADO?

En primer lugar, diremos que el pecado se sitúa ya al comienzo de la historia humana: nos referimos al pecado original, cometido por Adán y Eva, transmitido a sus descendientes, a los seres humanos, de padres a hijos, por generación.

En el Génesis se narra en qué consistió dicho pecado de desobediencia; por no aceptar el tener que depender de Dios Creador, nuestros primeros padres, Adán y Eva, se dejan seducir por el demonio que los tienta con estas palabras: “se abrirán vuestros ojos, seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal” (Gn 3, 5). El hombre que quiere ser el centro, ocupar el lugar de Dios, ser dueño de si mismo, rompiendo su vínculo con el Creador: ahí está la explicación de este pecado y de todos los que se cometerían a lo largo de los siglos.

Un célebre escritor decía en cierta ocasión: “Me asomé al corazón de un justo y me asusté”, me eché a temblar. Sí “el justo cae siete veces al día y otras tantas se levanta”, ¿qué será de quienes estamos tan lejos de esta santidad propia del justo, del que procura agradar a Dios, cumpliendo su Voluntad?.

EL TESTIMONIO DE LOS SALMOS

En los Salmos se insiste en que somos pecadores, que “no hay hombre que no peque”. Primero, el conocido salmo Miserere (Salmo 50), escrito por el rey David para expresar, ante Dios, su dolor y arrepentimiento por su pecado de adulterio y homicidio. Así se dirige a su Señor el rey profeta:

“Misericordia¡ Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi pecado y tengo siempre presente mi culpa. Contra tí, contra tí solo pequé, cometí la maldad en tu presencia… Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Salmo 50, 3-7). En estos versículos se subraya tanto el doble pecado personal (homicidio y adulterio), cometido por David, como la realidad del pecado original, heredado de Adán: “pecador me concibió mi madre”.

Es muy claro también el Salmo 52, 2-4: Dice el necio para sí: “No hay Dios”. Se han corrompido cometiendo maldades, no hay quien obre bien. Dios observa desde el Cielo a los hijos de Adán, para ver si hay alguno sensato que busque a Dios. Todos se extravían igualmente obstinados; no hay uno que obre bien, ni uno solo. Se nos presenta de modo patente la realidad de que todos somos pecadores y de que, en el fondo, el pecado es querer suplantar a Dios, centrarse el hombre en sí mismo.

Sería interesante leer también los escritos proféticos, como los de Isaías, pero hoy nos quedamos aquí.

José Mª Máiz Cal