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El pecado en la Biblia (II)

En el anterior número de Pobo de Deus nos referíamos al pecado en el Antiguo Testamento. Hoy centramos el tema en el Nuevo Testamento. Seleccionaremos y haremos un breve comentario de algunos textos más significativos, reconociendo que podríamos referirnos a otros pasajes y detenernos más en otros aspectos, pero nos extenderíamos demasiado.

ENSEÑANZAS DEL NUEVO TESTAMENTO ACERCA DEL PECADO

Recogiendo el Mensaje del Nuevo Testamento, San Pablo nos habla así del pecado original y del misterio de la Redención: “Pues como, por la desobediencia de un solo hombre (Adán, cabeza del género humano) todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo (Jesucristo) todos podrán llegar a ser justos. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Así como reinó el pecado con la muerte, así también reinará la gracia por la justicia para alcanzar la Vida eterna por medio de Nuestro Señor Jesucristo” (Rom 5, 19-20). Quien no cometió pecado cargó con nuestros pecados, para librarnos del poder del pecado por su Sacrificio en la Cruz, entregando su vida por nosotros, para nuestra salvación.

Nos detenemos en la realidad de nuestros pecados personales, en los de cada uno y cada una. Es muy elocuente la frase de Jesús ante aquellos que pretendían apedrear a una mujer sorprendida en adulterio: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Y “se fueron marchando sus acusadores, empezando por los más viejos” (Jn 8, 7-9).

TENER CONCIENCIA DE QUE TODOS SOMOS PECADORES

Estos fariseos eran hipócritas, pero reconocen que son pecadores. A lo mejor nosotros somos peores que ellos, pues nos cuesta admitir que pecamos. El Papa Pío XII afirmaba que “el mayor pecado de nuestro tiempo es no tener conciencia del pecado”. Sería tanto como no admitir que el hombre peca, supondría estar ciego ante el mal, desconocer la realidad.

Jesús mismo nos dice que repitamos estas palabras al rezar el Padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6, 12).

San Juan es muy explícito: “Si decimos que no tenemos pecado, lo hacemos mentiroso (a Dios) y su palabra no está en nosotros” (1 Jn 1, 10). Nos enseña que todos pecamos en muchas cosas y en multitud de ocasiones. Y que quién puede hacer el bien y no lo hace, también peca.

Cristo resucitado nos libera de nuestros pecados si aprovechamos el valor redentor de su Vida, Pasión y Muerte, acudiendo a la Fuente de la gracia, si frecuentamos el Sacramento que nos socorre en nuestras debilidades y pecado, que es el Sacramento del perdón y la misericordia divina. Él es Víctima de propiciación y de reparación por nuestros pecados y en Él está la Vida y la Felicidad plena.

José Mª Máiz Cal