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Solemnidad de Pentecostés

Hoy, con las prisas que nos impone nuestro tiempo, parece que la armonía está marginada: reclamamos por todas partes, corremos el riesgo de estallar, movidos por un continuo nerviosismo que nos hace reaccionar mal a todo. Y se busca la solución rápida, una pastilla detrás de otra para seguir adelante, una emoción detrás de otra para sentirse vivos. Pero lo que necesitamos sobre todo es el Espíritu: es él quien pone orden en el frenesí. Él es la paz en la inquietud, la confianza en el desánimo, la alegría en la tristeza, la juventud en la vejez, el valor en la prueba. Es quien, en medio de las corrientes tormentosas de la vida, fija el ancla de la esperanza. Es el Espíritu el que, como dice hoy san Pablo, nos impide volver a acaer en el miedo porque hace que nos sintamos hijos amados. Él es el Consolador, que nos transmite la ternura de Dios. Sin el Espíritu, Jesús sigue siendo un personaje del pasado, con el Espíritu es Palabra de vida. Un cristianismo sin el Espíritu es un moralismo sin alegría; con el Espíritu es vida. (Papa Francisco).